Roberto Bolaño: Putas asesinas

(Anagrama, Barcelona, 2001 – Lateral Nº 84, diciembre 2001)

Dos cualidades extraordinarias caracterizan la narrativa de Roberto Bolaño (Santiago de Chile, 1953), además de todas aquellas que, como el valor de los militares, se le supone por oficio. La primera es su capacidad de crear poderosas voces narrativas que se hacen con la trama y se convierten en el núcleo de la historia. La segunda consiste en otorgar una cuarta dimensión a sus narraciones, una suerte de abismo temporal a través del cual todo se ve como irrecuperablemente perdido.

Bolaño, un autor apátrida, representa una de las carreras literarias más extrañas en el ámbito hispánico actual. Profesional de la escritura desde los diecisiete años, fue un escritor anónimo, especie de vagabundo literario, hasta los cuarenta y tres cuando, en 1996, La literatura nazi en América lo catapultó a la fama. Desde entonces ha publicado unos ocho libros, todos memorables, y algunos de ellos directamente extraordinarios, como el volumen de cuentos Llamadas telefónicas y la novela Los detectives salvajes, merecedora de los premios Herralde y Rómulo Gallegos.

Esa explosión creativa bastante más allá del mezzo del camino podría ser una mera curiosidad biográfica, pero acaso sea un dato que tiene también consecuencias estéticas. Parece como si el largo y presumiblemente amargo recorrido por el desierto literario hubiera templado al autor para alcanzar las dos cualidades mencionadas al principio. El resto, lo que se supone a cualquier buen escritor (como el hábil manejo de estructuras narrativas, por ejemplo, o la creación de personajes, ambientes, etc.), estaba allí desde el principio. La novedad es una energía desesperada y voraz (la fuente de sus poderosas voces narradoras) y una melancólica desilusión con sabor a derrota (que podría tener que ver con el abismo referido).

La mezcla de esos contrarios (la energía y la melancolía, el discurso y el tono) crean un delicado y tenso equilibrio que se consigue también en los mejores cuentos de esta última entrega. Alguno de ellos son antológicos. Como “El Ojo Silva”, la historia de un fotógrafo chileno, llena de violencia y ternura. O “Carnet de baile”, que aparentemente es un ajuste de cuentas del autor con Pablo Neruda, pero en el cual, al mismo tiempo, se ofrece una peculiar autobiografía intelectual y vital formulada en 69 puntos, à la manière de algunos posmodernistas estadounidenses.

Luego están “Gómez Palacio”, “Últimos atardeceres en la tierra” o “Días de 1978”, cuentos de inspiración autobiográfica invadidos por la soledad y el desarraigo, dotados de finales más que abiertos, diluidos o deshinchados, y situados en paisajes mexicanos y barceloneses de colores tan mates y opacos que hasta un Acapulco playero y putero parece desolador. “Putas asesinas” (otro ajuste de cuentas, pero esta vez físico) y “Prefiguración de Lalo Cura” (que evoca algunos de los ambientes pornográficos de Llamadas telefónicas) representan otro registro, de tramas más artificiosas e impactantes.

Como en todos los libros de Roberto Bolaño, abundan los letraheridos, la obsesión con la lectura, la literatura presentada como forma de vida y detonante de historias. Bolaño es tal vez el último escritor que se cree que la literatura es lo más importante que hay sobre la tierra. Lo curioso es que muchas veces consigue convencer al lector de que efectivamente es así.

Mihály Dés (Lateral Nº 84, diciembre de 2001)

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