¿Por qué no leer?

 

(Lateral nº 74, febrero de 2001)

 

Uno de los axiomas de nuestra civilización es que leer es bueno, ergo necesario. O al revés. El caso es que el que firma no cree ni lo uno ni lo otro. Y eso que el siempre sugerente y a menudo polémico Harold Bloom acaba de publicar un libro a favor de dicha actividad, provisto de instrucciones de uso: Cómo leer y por qué (Anagrama). A ver, en qué quedamos…

Desde los delirios del señor Quijano y los desvanecimientos de Madame Bovary se sabe que la lectura, cuando menos, es una actividad de dudoso valor y de cuestionable utilidad, que entraña un peligro para la salud mental de los que la ejercen. A pesar de esta experiencia confirmada no sólo por muchas notables obras literarias, sino por cualquiera que haya sufrido en su propia piel los efectos devastadores de los libros, existe un amplísimo consenso, impulsado por políticos y políticas (editoriales, académicas, culturales…), acerca de las magnificencias y los beneficios de la lectura.

En realidad, no existe ningún dato que confirme las ventajas de leer libros. El reconocimiento social de la cultura es actualmente muy inferior a lo que era en cualquiera de las sociedades de las que la nuestra se siente heredera. Por otra parte, no se puede inventar un prestigio para la literatura o las artes. Este rango, si bien no independiente del papel de los creadores individuales, es un producto social. Los libros de García Márquez pudieron mejorar mucho el prestigio de la literatura en Colombia, pero dudo que hayan cambiado sustancialmente las estructuras y niveles culturales, el lugar de la literatura en la sociedad.

En última instancia se trata de la función social de la literatura, que en los países desarrollados tiende a limitarse al campo del ocio, y por extensión, al  del marketing y la venta. En este sentido, incluso un país como Colombia ofrece un horizonte más abierto y estimulante. Por eso resulta baladí inculcar valores humanísticos a los estudiantes cuando toda su experiencia fuera del aula (acaso también dentro de ella) señala en dirección contraria. La llamada alta cultura, y, sobre todo, la literatura no constituyen un modelo a seguir para los jóvenes: no ayuda a ser famoso y rico ni ofrece oficios de fácil acceso y bien renumerados. Ni siquiera sirve para volverse chiflado o suicidarse, como ocurrió antaño.

El problema para nuestros contemporáneos consiste en que la cultura humanística representa valores justamente opuestos a los dominantes en nuestra civilización postindustrial, fascinada por la velocidad, el progreso y la eficacia. El arte conoce la evolución, pero ignora el progreso. Tolstoi no es más grande (ni tampoco necesariamente menor) que Cervantes por el mero hecho de ser posterior, por encarnar un modelo más nuevo. El Tiempo es una de las principales preocupaciones de la literatura y del pensamiento, pero al someterse a su presión pierde la capacidad para atraparlo y se convierte en un producto de consumo más y, como tal, destinado a ser sustituido por uno más novedoso y competitivo. En cuanto a la eficacia, existe también en la literatura (como estrategia narrativa, por ejemplo), pero nada tiene que ver con el sentido utilitario que se le otorga comúnmente. Más bien lo contrario.

Que el arte sea superfluo o, como quería Bataille, un lujo (“no existe, en efecto, medio correcto alguno […] capaz de definir lo que resulta útil a los hombres”), no es ninguna novedad. Como tampoco lo son la hipocresía, el esnobismo y el fin propagandístico que está en su estela. Tanto el príncipe ilustrado del Renacimiento como la exquisita cortesana dieciochesca cultivaban una imagen de mecenas que necesitaban para su posición social. Pero se trataba de una necesidad real, cosa que no se puede afirmar en el caso de los príncipes actuales. Además, todas las sociedades preservaban –una vez más por necesidad– un espacio y unos ritos para el arte, la literatura y la contemplación. Y junto con la necesidad, este espacio está desapareciendo hoy en día.

Si la cultura actual es la del espectáculo, evidentemente no puede favorecer a la palabra y al pensamiento abstracto que representa la literatura. Cualquier administración, banco u organización prefiere invertir en una exposición monumental o en una carrera de maratón que en la ampliación de su red de bibliotecas, tarea sin duda ingrata por apenas visible. La proliferación y consecuente inflación de los premios literarios tienen esta misma raíz y el mismo resultado. Casi siempre amañados, en lugar de descubrir y apoyar valores, buscan el beneficio ya sea económico, de imagen o ambas cosas.

Al finalizar el siglo, en realidad, todo proselitismo a favor de la lectura está bajo sospecha. Por una parte, tenemos las grandes campañas institucionales y las aún mayores promociones editoriales. La primera es simplemente demagogia y la segunda, puro marketing. Pero si el principal resultado de una movilización masiva, una fiesta del libro, como la Feria de Madrid es que el poemario más cursi del año –me refiero a los últimos suspiros de Antonio Gala– llegue a cifras de venta espectaculares, obviamente estamos en medio de un ocaso cultural, tal vez irreversible.

Frente a ese dominio del mercado podríamos apelar a la idea promovida por primera vez por los narodníks rusos decimonónicos de llevar la cultura al pueblo, poner el libro al alcance de la gente, idea que el socialismo real convirtió en política cultural. Pero, al igual que los planes quinquenales, esta política tampoco funcionó. Y no sólo por las nefastas connotaciones políticas e ideológicas de la operación. También porque, aunque nos pese admitirlo, la inmensa mayoría de la gente, incluso escolarizada, no tiene ninguna necesidad de leer nada, y mucho menos lo que se considera literatura.

A Maurice Blanchot fue cara la idea de que, frente al público de la música y del arte, el lector no necesita tener ningún don o preparación especial. Teóricamente es así, pero en la práctica la lectura necesita entrenamiento y una formación específica, algo que seriamente falla en la educación actual. Ni siquiera la enseñanza de alto nivel es garantía de nada. Los líderes del fascismo y del bolchevismo, en términos generales bastante cultos, fueron hijos de esa educación, de disciplina clásica, que tanto añoramos. La experiencia de los totalitarismos acabó radicalmente con esa ilusión creada por la Ilustración según la cual los libros ennoblecen. Demostró asimismo que la cultura no sirve ya no para evitar el Mal sino  ni siquiera para sobrevivirlo.

En cualquier caso, conviene distinguir entre la pasión por la lectura y la cultura humanística. La primera es vocacional o, incluso ni siquiera, puesto que  obra como una especie de bacilo sobre quien la padece. La cultura, la transmisión de los valores acumulados a lo largo de tres mil años, en cambio, no debería depender de antojos personales, sino que tendría que imponerse de acuerdo con el nivel de educación. Tal como hemos demostrado ampliamente en el el dossier central del número de noviembre pasado de la revista Lateral, titulado Eso, una reforma políticamente correcta, la educación va justamente en dirección contraria. Porque sólo una mente cultivada a base de fuerza de voluntad, exigencia y disciplina puede llegar a ese estado de displicencia (de hecho, la capacidad de elegir), como quería Montaigne, de no “quemarse las cejas” con libros que ponen a prueba su paciencia y curiosidad. Sólo así nacen lectores capaces y competentes.

Peligrosa e inofensiva, necesaria pero sin utilidad demostrable, demodée y a la vez perenne, fuente de conocimientos pero también evasión, la lectura es un vicio solitario que si bien crea comunicación, cierta hermandad de cofradía, de sociedad secreta, también aísla y convierte en bichos raros a los que la cultivan. Ni siquiera se sostiene la tesis de que causa satisfacción o placer, a menos que se refiera también al placer masoquista. La lectura de Kafka, pongamos, resulta hipnótica para un sorprendentemente amplio grupo de lectores, pero poco tiene que ver con la sensación que habitualmente se asocia con el placer y la satisfacción.

Así las cosas, el hábito de la lectura sigue siendo un misterio y su sentido, un enigma. Llevo cuarenta años leyendo y todavía desconozco para qué. Lo único que sé es que si hubiera una respuesta, la encontraría en un libro.

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Filed under Irodalom, Könyv, Kultúra, Publicisztika, Web

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