El archipiélago goulash

Apuntes sobre los húngaros y su literatura

(Lateral, nº 62, febrero de 2000)

Quería el azar, y un poco la última Feria de Frankfurt (cuyo país invitado era Hungría), que se publicaran algunos excepcionales libros magiares. ¿Quiénes son estos autores de nombres impronunciables y cuál es su contexto cultural? Nuestro “En Portada” se dedica a presentarlos.

 

Los húngaros tienen fama de espabilados. En una vieja película americana se define así a los hijos de mi nación: “el húngaro es aquel que te hace pasar por la puerta giratoria y al entrar lo encuentras esperándote.” En otra película, de la misma procedencia, un hombre en apuros económicos propone hacer una tortilla a la húngara. “¿Y eso cómo es?”, le pregunta su compañero. “Muy fácil –le contesta el primero–: roba media docena de huevos…” En la entrada de uno de los grandes estudios de Hollywood llegaron, incluso, a poner un enorme letrero, természetesen (por supuesto) en magiar, que rezaba así: “ser húngaro no es suficiente para entrar aquí; hay que tener también talento”.

Claro, eran los felices años veinte y treinta cuando parte de la intelligentsia húngara se vio obligada a emigrar por razones económicas, políticas o raciales. Hollywood era uno de sus destinos predilectos. Ahí estaba, por ejemplo, Béla Lugosi, el perenne Drácula; Menyhért Lengyel, guionista de Béla Bartók (quien también terminó sus días en Estados Unidos) y de Lubitsh; el compositor Miklós Rózsa, y todo un ejército de magiares hacendosos. Otro territorio donde se destacaban era la ciencia, cosechando un número exagerado de Nobel para una nación tan minúscula. Alemania, y luego los Estados Unidos, fue su campo de acción. John von Neumann, alias Neumann János, es el inventor del ordenador, entre muchas otras cosas; Eugene (Jenő) Wigner, recibió el Nobel “por el desarrollo de los núcleos atómicos”; Dennis (Dénes) Gábor, también Nobel, fue el inventor del hológrafo; Edward (Ede) Teller, todavía vivo, tiene el dudoso mérito de haber elaborado la bomba de hidrógeno; otro es Leo Szilárd, el más dotado y menos conocido entre ellos, que había inspirado a todos, incluido a Fermi y Einstein. Dicen por ahí que, cuando Fermi abandonó  las reuniones del top secret Comité Atómico, los otros científicos respiraron aliviados: por fin podemos hablar en húngaro.

Los húngaros se complacen sobremanera con esta imagen de una nación excepcionalmente dotada a la que tantas bondades y avances le debe el mundo. Tampoco es ajeno a ellos el papel del magiar vivo, ocurrente y pícaro  que, como reza un dicho vernáculo, sobrevive hasta en el lomo del hielo. Y el caso es que mis compatriotas demasiadas veces se veían en la necesidad de montar el lomo del hielo. Invasiones, guerras (de las cuales no han ganado ni una desde el siglo XV), represión y dictaduras son el motivo más recurrente de su historia ya milenaria. Por eso se compensan a menudo con la exaltación de sus penas y de sus glorias, que también las ha habido. Ferenc Kölcsey (1790-1838), autor del más melancólico himno nacional que puede haber, pide la bendición del Señor para “este pueblo que ya ha pagado / por su pasado y su futuro”. Y ¿qué podía saber Kölcsey de lo que vendría después? Dos Guerras Mundiales, por ejemplo, en las que Hungría participaba del lado de los derrotados. En la Primera había perdido el 70% de su territorio y el 40 % de su población de lengua húngara. En la Segunda Guerra Mundial se perdió algo mucho peor que tierras históricas de la Nación: más de 200.000 de sus soldados perecieron en el frente ruso y unos 560.000 judíos fueron exterminados (con intensa colaboración de las autoridades húngaras y en medio de la ominosa pasividad por parte de la población cristiana), entre ellos algunos de sus más grandes autores como el poeta Miklós Radnóti, el ensayista y novelista Antal Szerb y el narrador Andor Endre Gelléri. Semejante pérdida en un país de unos diez millones de habitantes no fue tan sólo un golpe demográfico: cargó la conciencia nacional con algo imposible de expiar. Tal vez ésta sea la razón del resurgimiento de la visión rencorosamente victimista del nacionalismo irredento y racista después del derrumbamiento del comunismo en 1989, que reivindica el retrógrado régimen del mariscal Horthy de entreguerras, exalta el heroísmo y martirio del ejército magiar que invadió la Unión Soviética, minimiza la tragedia del Holocausto húngaro y sueña con revisar los tratados de paz de la Primera Guerra Mundial, de tan nefastas consecuencias para Hungría.

Después de tres años de una agitada y frágil democracia entre 1945 y 1948, se instauró una dictadura estalinista, la más sangrienta después de la versión original. La represión siguió también a la revolución del 56, y sólo a partir de mediados de los sesenta empezaba la pragmática era del socialismo gulash, que no sólo llenó de productos las tiendas, por primera vez en la historia de un país del socialismo real, sino que significó una apertura hasta entonces inimaginable en un país comunista.

Como se ve, no había demasiadas razones para el optimismo en ese país y, efectivamente, buena parte de la cultura húngara del siglo XX –desde la música de Bartók, Ligeti o Kurtág hasta la literatura de Márai, Kertész o Nádas– transmiten una visión del mundo trágica y desilusionada, que poco tiene que ver con el infausto heroísmo de sus poetas románticos. Pero al mismo tiempo, los húngaros desarrollaron también una actitud diferente, una especie de pesimismo sarcástico y vital, que acaso era la mejor estrategia  para sobrevivir a sus sucesivas desgracias.

La vox populi es bastante elocuente al respecto. A la inquisidora pregunta ¿qué tal?, que en Occidente siempre recibe su merecido very well, en Hungría a menudo contestan con un evasivo “podría estar peor”. Siguiendo la misma línea, en caso de encontrarte en una situación difícil, te pueden consolar con un “no te preocupes, vendrán tiempos aún peores”. En lugar de feliz año nuevo, es posible que te deseen un mejor año, y cuando alguien te ofrece dos marcas diferentes de cigarrillos (producto que familiarmente se llama clavo de ataúd), y pregunta cuál de las dos prefieres, la buena educación te obliga a responder: no importa, con tal de que haga daño.

No es de extrañar, entonces, que las versiones húngaras de los chistes hollywoodenses resulten mucho más grotescas y piadosas a la vez. Su mejor formulación se encuentra en uno de los magistrales cuentos de un minuto de István Örkény (1912–1979): se produce una catástrofe nuclear y no queda nada ni nadie. Los ratones son los únicos supervivientes de la ciudad. Al día siguiente, sin embargo, aparecen unos letreros escritos a mano sobre las ruinas: “Si Ud. trae el cebo, garantizo acabar con sus ratones. Doctora Varsányi”.

 

Lo propio y lo ajeno

En realidad, no hay nada específicamente húngaro en todos estos asuntos. La historia de cualquiera de los pueblos de Europa del Este (para acotar el terreno al ámbito magiar) es la historia de una admirable y tortuosa lucha por la supervivencia. Todos habían tenido su pasado glorioso y sus tragedias nacionales. Habían sufrido mucho y habían cometido supremas vilezas. Todos se sienten víctimas de ese Occidente del que esperan la salvación, entre otras cosas porque, al parecer, le habían servido repetidamente como escudos nacionales, como bastiones de la cristiandad: contra los turcos, los tártaros, el comunismo… ¡Si supiera Occidente la cantidad de bastiones que había tenido en sus confines orientales! No hay ninguna de esas naciones para la cual no valga la definición de Gombrowicz sobre Polonia: “un país entre el Este y el Oeste donde Europa casi termina; un país de tránsito donde Este y Oeste se debilitan mutuamente.”

Hablando de Gombrowicz, él es lo que Örkény para la literatura húngara o Hrabal para la checa. El romántico búlgaro Botev, lo que Petőfi para los magiares, Mácha a los checos, Miczkiewicz para los polacos. Todos tienen resultados intelectuales extraordinarios, sobre todo en el terreno de la poesía. Y coinciden también en que la cultura, sobre todo la literatura y el cine, desempeña un papel social  más evangélico que en Occidente. Más que diversión o placer estético, el público busca la redención espiritual o incluso política en el arte, que de esta manera sustituye una serie de funciones que en sociedades más libres las ejercen la prensa, el Parlamento, los sindicatos, la Iglesia o los partidos políticos. La figura emblemática de las literaturas del Este es el poeta (o narrador, como en el caso de Tolstoi o Dostoievski), vate, demiurgo, guía espiritual de su nación.

Unos poemas ardientes de Sándor Petőfi contribuyeron enormemente al estallido de la Guerra de Independencia de 1848, en cuya casi última batalla perdió la vida él mismo en 1849, a los 26 años de edad. A principios de siglo, la poesía decadente y, a la vez, combativa de Endre Ady cambió la sensibilidad moral del país, pero también era capaz de causar terremotos políticos. La poesía intelectual de Attila József empezó a conocerse después de su suicidio a los 32 años, en 1937, para convertirse en un fenómeno de masas después de la guerra. Los idílicos poemas, de una insuperable perfección formal, que Miklós Radnóti, víctima del Holocausto, había escrito en su cautiverio tuvieron un impacto duradero y amplio en la sociedad húngara de la posguerra…

Otro rasgo común es que, con excepción de la polaca (con una continuidad cultural desde su Renacimiento), se trata de literaturas tardías, despertadas por el Romanticismo. La húngara, por ejemplo, si bien cuenta con algunos autores memorables en tiempos anteriores, tiene su primer momento equiparable con las literaturas dominantes de Europa en el siglo XIX. Su otra época de esplendor es el principio del XX, cuando Budapest se convierte en unas de las ciudades más dinámicas y hermosas del mundo. Es la época de Bartók y Kodály, de Lukács y Arnold Hauser, de los psicoanalistas György Ferenczi y Lipót Szondi y de varios escritores excepcionales como los poetas Mihály Babits y Endre Ady, los narradores Zsigmond Móricz y Gyula Krúdy (autor de la deliciosa La carroza carmesí, publicada en Península) y el multifacético Dezső Kosztolányi (cuya magistral Alondra, acaba de salir en Ediciones B), entre otros… Pero estos escritores no son ni serán conocidos, ya que escriben en el idioma más inaccesible de Europa.

Si hay una auténtica singularidad cultural húngara más allá de tradiciones, modas y modos, es la lengua. Por partida doble: como redención y como castigo. En cuanto a lo segundo, basta referirse a que la hablan apenas unos 13 millones de personas (de los cuales unos diez viven en Hungría); que se trata de un país marginal de Europa y que el húngaro no tiene siquiera la debilucha palanca de otras lenguas menores. La literatura catalana puede estar eclipsada por la castellana, pero puede ser también publicada por una editorial española. Un autor búlgaro o serbio puede aspirar a que un traductor del ruso aprenda sin demasiados esfuerzos su lengua y que lo traduzca. En cambio, para saber húngaro hay que aprender exclusivamente el húngaro. Y según se dice, esto no es nada fácil.

Hablar del húngaro como redención suena a agitación nacionalista. Pero los que lo conocen saben también que es una lengua que otorga una mirada diferente. Pariente lejanísimo del finés y el estoniano, el húngaro es un idioma sintético, o sea, no construye el sintagma con elementos separados, sino que los aglutina. Dicho de otro modo, sus preposiciones son posposiciones, que pega al final de la palabra, algo así: casamí(a)en. Aunque suene raro, la cosa puede funcionar también de esta manera, que es, ¿para qué vamos a negarlo?, a la inversa. Lo mismo ocurre con la fórmula posesiva. El amor de mi vida sería algo así: vidamía amor, que sin duda resulta más posesiva que en castellano.

Entre sus numerosas peculiaridades figura la inexistencia de los géneros, incluso en la versión él y ella, distinción que hasta el inglés hace. Pero no se registran más confusiones que en otras lenguas más matizadas en este aspecto. En cualquier caso, y sin proponérselo, el húngaro se ha convertido así en el idioma políticamente más correcto y se ha ahorrado la fórmula alumnos/as, camaradas/os, etc. Su vocabulario también está exento de sexismo: la palabra hombre (ember) se compone de las voces atávicas de mujer y hombre, y la palabra esposa (feleség es la manera arcaica de mi mitad, y hermano se compone de las palabras cuerpo y sangre (testvér). Por otra parte, utiliza tan sólo un tiempo pasado, lo que hace de él una lengua idónea para el tercer milenio, sobre todo, si sigue con esa tendencia y erradica también el último pasado que le queda.

Pero éstas son sólo curiosidades. Lo redentorio está en lo inverso. Al ordenar las cosas a partir de lo más importante, va de lo grande a lo pequeño, de lo abstracto a lo concreto. Y no sólo en los sintagmas. En húngaro primero se pone el apellido y luego el nombre. En una dirección, primero la ciudad y después la calle. Tiende a ver todo en conjunto, y desde allí va al detalle. Cuando está ante un edificio, por ejemplo, lo primero que ve no es una puerta, sino la totalidad de la entrada y en seguida se da cuenta de que hay dos maneras de entrar: por una puerta giratoria y por otra pequeña que está al lado. Así puede ocurrir que le deja pasar a usted y luego usted lo encuentra esperándole. Es cuestión de saber húngaro.

 

La inmensa ventaja de traducir al húngaro

Cuando le preguntaron al poeta Mihály Babits (1883-1941) cuál era, en su opinión, el mejor poema húngaro, su respuesta parecía una bou-tade: “Ode to the West Wind” de Shelley en la versión de Árpád Tóth. Es probable que Babits tuviera razón. La traducción es la rama más cultivada y competitiva de la poesía magiar hasta el punto de que su calidad a menudo llega a rivalizar con el original. Siento informarles (con la seguridad de quien sabe que difícilmente van a contrastar mi afirmación y a sabiendas de que estoy cometiendo un sacrilegio) que la traducción de “Causerie”, por ejemplo, (Vous êtes un beau ciel d’automne, clair et rose! / Mais la tristesse en moi monte comme la mer…) hecha por Endre Ady (Büvös, szép öszi ég vagy, tündöklés, rózsaszirom. / Bennem a szomorúság tengere sírva árad…) es más poderosa que el original de Baudelaire. Basta nomás comparar el primer verso del último tercio, la más terrible línea del soneto, en el que el duro látigo de la Belleza, en francés, llegara a tener clavos a causa del chasquido de los k-s en el húngaro: O Beauté, dur fléau des âmes, tu le veux! (Lelkek kemény korbácsa, óh Szépség. Te akarod.)

El caso es especialmente curioso porque, a diferencia de Árpád Tóth (1886-1928), un delicioso poeta menor, el gigante Ady (1877-1919) no era un poeta de muchos registros y apenas se dedicaba a la traducción, entre otras razones porque, a pesar de haber vivido años en París, nunca aprendió el francés satisfactoriamente. Lo normal era (y todavía es) que un poeta húngaro supiese varias lenguas y que, a diferencia de la tradición hispánica, tradujera sin parar. Es la manera de afinar su propia voz, de aprender y demostrar oficio, de medirse con la gran poesía universal a la que la suya jamás tendría acceso.

Desde el Romanticismo, cada generación se emprende a retraducir los clásicos. Cuanto mayor es el desafío, más tumultuosa la asistencia. Poemas como “The Raven” de Poe, que fue traducido al francés por Mallarmé y por Borges al español, tiene numerosas versiones excelentes. La imposibilidad de traducir “Chanson d’automne” de Verlain, cuyo llanto otoñal de violines está basado en la singularidad del francés, inspiró una competición de notables resultados entre los mejores poetas de principios de siglo.

Una de las razones de ese apogeo de la traducción poética se encuentra en el aislamiento triple del húngaro: lengua huérfana de una pequeña nación periférica. La cultura húngara, europea desde hace mil años, necesita participar, aunque sea de manera unilateral, en la universal.

La otra razón tiene que ver con la increíble flexibilidad poética del idioma magiar. Que yo sepa es la única lengua en la civilización cristiana (y acaso en cualquiera) apta para utilizar con absoluta facilidad la métrica clásica. Escribir en hexámetro es todavía práctica habitual en la poesía húngara e, incluso, se da en el habla cotidiano. El virtuoso poeta Sándor Weöres (1913-1991) descubrió en el rótulo de un taller de fontanería este perfecto hexámetro: “Tóth János / Bádogos és / Vízvezetékszerelö”, que no quiere decir otra cosa que János Tóth repara tuberías y cañerías.

La misma facilidad muestra el húngaro para el uso de la métrica romance (yámbica, dactílica o lo que sea), y sus catorce vocales, la riqueza de sus consonantes y su tendencia a concordar las vocales de las declinaciones y de los sufijos con las de la raíz amplían sus posibilidades de rimar. Pero, además, dispone de una métrica propia, no silábica sino basada en la paridad del ritmo, que también tiene todavía un uso feliz, más bien irónico, en la poesía contemporánea.

Semejante cultivo del oficio supone también lectores que lo aprecien. La decadencia de ese idilio tiene origen en la desaparición de un sistema educativo (los gimnasium de antaño), en que no sólo enseñaban latín y griego sino que era obligatoria la traducción y el memoriter de los clásicos, que son las dos maneras de apropiarse de la poesía. Ahora ambas imposiciones (como tantas otras) están excomulgadas de la educación. Sin duda, algo empieza a no rimar.

 

 

 

 

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