Roberto Bolaño: Amuleto

Orquestación barroca para una sola voz

(Anagrama, Barcelona, 1999 – Lateral Nº 58, octubre de 1999)

 La última obra de Roberto Bolaño (Santiago de Chile, 1953) ha tenido una recepción dispar en cuanto a su valoración pero unánime en lo que se refiere a la insistencia de emparentarla con Los detectives salvajes (1998), la novela anterior que, además de una crítica entusiasta, ha cosechado los premios Herralde y Romulo Gallegos. En efecto, Amuleto está basada en el capítulo 4 de Los detectives, tal como otra novela de Bolaño, Estrella distante nace de una de las historias de La literatura nazi. En ese capítulo de tan sólo diez páginas de una novela de más de 600, la misma voz narradora cuenta el núcleo de la misma historia que se desarrolla luego en las 157 páginas de Amuleto. Pero ver esta novela como una variante más extensa de dicho capítulo o, peor, como una especie de apéndice de Los detectives salvajes es, sencillamente, confundir tema con escritura. A base de ese tipo de parentescos podría meterse en el mismo saco “Los funerales de Mamá Grande” u Hojarasca de García Márquez y Cien años de soledad, por ejemplo. Precisamente, las coincidencias de los dos relatos –el capítulo 4 y la nueva novela que nace de el– permiten ver con didáctica claridad la diferencia radical que hay (en forma, función, estrategia y enfoque) ya no sólo entre el capítulo de una novela y una novela misma, sino entre dos formas novelísticas.

Los detectives salvajes es una obra épica y de construcción coral, en tanto que Amuleto, de concepción poética, está escrito para una sola voz. La diferencia no es simplemente la que media entre una sinfonía y un solo musical, sino la que existe entre una composición de irresistible fuerza melódica y otra basada en la virtuosidad del ejecutor. También La quinta de Beethoven, Pasión según san Mateo de Bach o el Requiem de Mozart dependen de los intérpretes, pero su fuerza, cual una pésima traducción (y según algunos, incluso, la pésima escritura) de Dostoievski, por ejemplo, trasciende de todas las maneras y se apodera del oyente so riesgo de que llegue a canturrearlo. A Paganini (o si se prefiere, a Charlie Parker), en cambio, no hay quien lo tararee.

La voz, esa única voz para la cual está escrita y de la que depende el virtuoso y, por tanto, frágil relato de Amuleto es la de Auxilio Lacouture, una uruguaya fascinante y chiflada, magnánime y lumpen, sensible e ingenua, que se declara madre de la poesía mexicana o, más exactamente, de los poetas que fueron jóvenes a finales de los sesenta y principios de los setenta. Auxilio, ya mayorcita, se entrega con cuerpo y alma a esa bohemia poética adolescente pero no por padecer una especie de pedofilia literaria (de hecho, su historia como servidora –o, incluso, criada– de la poesía empieza con la adoración y cuidado de dos poetas españoles crepusculares, León Felipe y Pedro Garfias), sino porque de esta manera su única y exclusiva pasión puede convertirse en una misión. Como ella no tiene casa ni ingresos (vive en bares y azoteas) y porque esos poetas son como son, le pasan las cosas más estrafalarias. Esta pasión y esta bohemia es lo que en parte narra la novela. Pero sólo en parte. Un fatídico día de septiembre de 1968, Auxilio se encuentra en la universidad (un lugar donde merodea con frecuencia sin que le conozcan estudios que cursara) o, mejor dicho, en el lavabo de mujeres de la cuarta planta de la Facultad de Filología y Letras, cuando el ejército entra en el campus y lo barra. Ella se salva escondiéndose en el water durante más de diez días sin comer (pero no sin leer: tiene consigo, como no, un poemario) y, a partir de entonces, vive instalada en el recuerdo de ese traumático acontecimiento a la vez histórico y personal que se convertirá su “nave del tiempo” desde la que ve y narra todos los tiempos que había y habrá vivido.

El impacto de sus días en el lavabo (llenos de pavor y visiones, pero también de connotaciones grotescas) será, entonces, la que ordenará (o mejor, desordenará) la estructura del relato que, por tanto, no corresponde al recuento de unos hechos, sino a la lógica de una revelación, una especie de aleph, a partir de la cual pasado y futuro se reinterpreta. Por eso depende todo de la voz quebrantada e irónica de Auxilio, quien desde las primeras líneas advierte: “Ésta será una historia de terror […] Pero no lo parecerá. No lo parecerá porque soy yo la que lo cuenta.” Y por eso mismo, la crónica de una generación que soterradamente está presente en Los detectives se convierte aquí en un homenaje poético. Es verdad que una serie de elementos fácticos pueden dar la impresión de una narración casi testimonial. La magistral escena (emotiva y realista) de la visita de la protagonista a una pintora catalana exiliada que había muerto antes de que Auxilio haya aterrizado en el Distrito Federal deja claro que no es así.

En realidad, Amuleto tiene algo que ver con la Señorita Elza, también de construcción virtuosa basada en un monólogo femenino, si bien el relato de Arthur Schnitzler dispone de una estructura cronológica y, por tanto, cerrada, y su principal efecto es el crescendo. Como toda pieza virtuosa, también Amuleto es esencialmente barroca, que es la manera de contar que –por su complicada ejecución– más sólidas estructuras requiere. Con puntos y contrapuntos, fugas y repeticiones está apuntalado este relato, cuya concepción poética nada tiene que ver, sin embargo, con una prosa florida e indulgente. Al contrario, en la mayoría de los casos ayuda lograr una concisión excepcional, como en esta descripción: “Su frente era grande, pero no tenía esa amplitud que sugiere a un hombre inteligente o razonable sino que presentaba la amplitud de un campo de batalla, y a partir de allí todo era derrota…”

En lugar de ser un libro menor, como lo han calificado algunos, Amuleto es una obra más arriesgada y, por tanto, más minoritaria que Los detectives salvajes. De hecho, junto con La literatura nazi en América (1996), es el libro más arriesgado –esto es, valiente y original– de ese autor nacido en Chile, formado literariamente en México y hecho famoso en España, quien, antes de convertirse en un narrador, fue poeta y, tal como demuestra esta su última entrega, sigue siéndolo.

Mihály Dés

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Filed under Irodalom, Könyv, Kritika, Kultúra, Web

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