Yevgueni Yevtushenko (1933)

(Anuario Planeta, 1998)

Poeta ruso, emblemático intelectual de la época post-estaliniana, es el más destacado representante de una poesía comprometida y de amplia resonancia social. Autor de más de treinta libros, entre ellos algunas novelas y prosas testimoniales, su obra ha sido traducida a unas cuarenta lenguas. El año pasado se publicó en España su “novela casi documental” No te mueras antes de morir (Anaya & Mario Muchnik, 1997), considerada por él mismo como su obra maestra. Impetuoso, histriónico e irresistible, ese siberiano infatigable encarna, en cuanto proyección pública, el fenómeno poético más excepcional del siglo XX. Es el poeta con mayor poder de convocatoria de su tiempo y su popularidad sólo tiene parangón con las estrellas de cine y de rock. El tiraje promedio de sus poemarios ronda los cien mil ejemplares y sus recitales han sido capaces de llenar estadios, incluso en el extranjero. A la vez rebelde y cortesano, Yevtushenko tenía una relación dialéctica con las sucesivas políticas oficiales de su país. Sin cuestionar los principios ideológicos del régimen soviético, sus críticas a menudo le enfrentaban con el mismo poder que su rebeldía y popularidad legitimaba. Porque ¿qué mejor propaganda para una dictadura que un profeta–poeta que ante multitudes hipnotizadas la alaba y amonesta? La agitada vida de este admirado, envidiado pero también denostado autor es, entonces, la historia de un héroe popular y de un maestro de la supervivencia. Sus primeros éxitos los cosecha en los últimos años de Stalin; protagoniza la época de la desestalinización, el deshielo; será uno de los fervientes defensores del glasnost de Gorbachov; le encontramos en las barricadas junto a Yeltsin en los momentos del golpe de estado comunista en 1991 y actualmente también sigue en el ojo de huracán denunciando el capitalismo salvaje que reina en Rusia.

La novela que constituye la biografía de Yevgueni Yevtushenko empieza en esa mítica región llamada Siberia, donde él nació el 18 de julio de 1933 en Zima, una colonia dedicada al transporte de madera en la región de Irkutsk. Aunque no siberianos de pura cepa, la historia de la familia está dolorosamente ligada a esa tierra de fríos y sufrimientos proverbiales. Como desterrado llegó a Siberia uno de los bisabuelos del poeta, que había participado en una conspiración contra el régimen zarista. Él había sido ucraniano, pero en las venas de Yevtushenko corre también sangre letona, tártara e, incluso, rusa. Su infancia coincidió con los años de las mayores hambrunas y del más terrible terror estaliniano. Varios parientes suyos fueron víctimas de esas purgas. Su abuelo materno, un soldado casi iletrado que organizaba las cooperativas agrícolas en los Urales, desapareció un buen día del año 38. Más o menos por la misma fecha fue acusado de espía y ejecutado su abuelo paterno, un matemático letón.

El padre del poeta, el geólogo Alexandr Gangnus, incitaba a su hijo a leer los clásicos de la literatura rusa y universal. Su madre, Zinaida Yermolayevna Yevtushenko, también era geóloga, aunque se ganaba la vida como repartidora de periódicos. Cuando sus padres se divorciaron, el joven Yevtushenko se trasladó a Moscú con su madre, cuyo apellido adoptaría. En 1941 las tropas hitlerianas invadieron la Unión Soviética y Zhenia, que es el diminutivo de Yevguení, fue evacuado de la capital. Otra vez en su aldea natal, empezó para él una vida llena de privaciones y de trabajos duros. Pero también fue el reencuentro con una naturaleza mágica y un folclore que luego alimentaría su poesía. Entonces empezó a escribir sus primeros versos imitando los romances y canciones que escuchaba por ahí.

En 1944 volvió a Moscú, pero tuvo que defenderse solo porque su madre, esta vez en calidad de cantante, estaba de gira en el frente. Niño inquieto y travieso, a los quince años fue expulsado del colegio y, como consecuencia, por una temporada fue a vivir con su padre, a la sazón jefe de una expedición geológica en la asiática República Soviética de Kazajstan. A su regreso a Moscú, el adolescente Yevtushenko se dedicaba casi exclusivamente a sus dos grandes aficiones: el fútbol y la poesía. Ya estaba en camino de convertirse en un futbolista profesional cuando la publicación de su primer poema decidió su destino a favor de la literatura. Tenía quince años. A partir de entonces es considerado como poeta profesional cuyos versos aparecen en los más prestigiosos diarios y revistas literarias.

Como era de esperar, los primeros poemas de Yevtushenko fueron escritos según el canon del realismo socialista, una fórmula estética–ideológica a la sazón obligatoria que en poesía se traducía en versos métricos y rimados a semejanza de la poesía popular y en unos contenidos optimistas y didácticos sobre la construcción de la Nueva Sociedad. En este sentido, el título de su primer poemario, publicado en 1952, es más que elocuente: Buceadores del futuro. Sea como fuere, con menos de veinte años, él llegó a ser un poeta reconocido, miembro de la Unión de Escritores de la URSS y admitido en el Instituto Literario Máximo Gorki, que algunos años después abandonó sin graduarse.

El cambio radical en su vida, al igual que en la de más de 200 millones de sus conciudadanos, se produjo con la muerte de Stalin, acaecida en 1953. Como tantos, él también lloró la muerte del dictador, él también se sintió desamparado y huérfano y hasta acudió a sus funerales. Allí recibió el primer golpe. Ciento cincuenta personas murieron aplastadas por la multitud porque la policia, sin una orden superior, no quería mover sus vehículos que cerraban el espacio. Testigo ocular de la tragedia, la conmoción le hizo pensar de manera diferente. Como primera consecuencia de esa nueva manera de pensar, o sea, por su propia cabeza, le expulsaron del Komsomol, la todopoderosa Organización de los Jóvenes Comunistas. La marginación le llegó en el momento oportuno. Volvió a su pueblo natal, y el reencuentro con una realidad cruda y sus reflexiones a partir de la muerte de Stalin inspiraron su primer gran poema, Zima.

El poema que luego se convertiría en una de las obras emblemáticas de la época del deshielo no pudo ser publicado hasta 1956, año del histórico XX Congreso de PCUS, donde el Secretario General Nikita Jruschev, en un intento de legitimar su poder y desmarcarse de su propio pasado estalinista, desenmascaró parte de los crímenes de su antiguo amo. El Congreso cambió muchas cosas, pero el país estaba lejos de librarse de la herencia de Stalin. Por una parte, Yevtushenko logró publicar varios volúmenes de valiente poesía cívica inconformista; por otra, fue atacado virulentamente como revisionista, anti-soviético, pesimista y líder de una juventud delincuente. Pero ya nada ni nadie pudo con su popularidad. Es por entonces cuando, encabezados por él, los jóvenes poetas iracundos del deshielo reavivaron la tradición de los recitales públicos. Precisamente la plaza Maiakovski, con la estatua del suicida poeta revolucionario que había creado esa tradición, se convirtió en el santuario al aire libre de esas veladas masivas. Habían recitales también en librerías, sala de conciertos y hasta en estadios deportivos. Fue más un tiempo de grandes esperanzas que de cambios reales, pero eso bastó para que la literatura volviese a reconquistar ese lugar privilegiado en la sociedad rusa que, hasta Stalin, siempre había ocupado. En vez del político o del religioso, representantes de lo oficial, el escritor había sido el líder espiritual de la nación. Así fue en tiempos de Maiakovski y así en la época de Tolstoi y Dostoievski. Y éste es el papel que retoma y reinventa con impresionante éxito el joven Maiakovski.

Con una poesía torrencial a lo Walt Whitman o Pablo Neruda, sus maestros, y unos temas siempre candentes, Yevtushenko estaba predestinado para ese papel de vate y demiurgo también por su persnalidad. Altísimo, como se espera de un siberiano; apuesto como lo eran Maiakovski y Yesenin; carismático e intenso como sólo los mejores actores y los más peligrosos políticos pueden ser, Yevtushenko era y es un histrión nato, un comunicador, un tribuno. Su capacidad de hablar o recitar en público durante interminables horas compite con la de Fidel Castro. En esos años de apoteosis logra forjar también una imagen al parecer fundada de bebedor incombustible y mujeriego irresistible. Sus cuatro esposas (de las que en total ha tenido cinco hijos) son sólo una parcial muestra de esta última característica suya.

Cuando en 1960 publicó su séptimo poemario, La manzana, recibió por primera vez permiso para salir del país. Empezó entonces una época de viajes alrededor del mundo, que incluía Estados Unidos, Alemania, Francia, Cuba y España. Este poeta tan dado a la exactitud (sabe, por ejemplo, que ha escrito 130.000 poemas), ha contabilizado en total 94 países visitados; viajes que significaron su consagración internacional, hasta el punto de que en 1962 llegó a convertirse en tema de portada del Time magazine. En esos años nacieron sus más populares y conflictivos poemas, como Babiy Yar (1961), dedicado a una masacre de judíos ucranianos, o Los herederos de Stalin (1962), duramente atacado por las autoridades literarias, pero sorprendentemente defendido por el caprichoso Jruschev, quien le retiró todo apoyo, sin embargo, cuando en 1962–63 publicó su Autobiografía precoz en la revista francesa L’Express. La caída en desgracia de Yevtushenko apenas adelantó a la de Jruschev, relevado por Brezhniev, un aparatchik (burócrata de alto cargo) sin ninguna debilidad por la poesía.

El nombre de Yevtushenko volvió a las primeras páginas (naturalmente no a las soviéticas) cuando defendió a Solzhenitsin frente a las persecuciones. Aún mayor polvareda levantó su protesta contra la invasión soviética de Checoslovaquia en 1968. Apartado de la vida literaria durante unos años, volvió a aparecer en los setenta. Entre su producción tardía destaca la “narración en verso” La paloma de Santiago (1982), que trata los acontecimientos en Chile durante el gobierno de Allende, y la novela Bayas salvajes, que él considera una Cien años de soledad siberiana.

En los últimos años Yevtushenko ha presentado nuevas facetas. En 1979 debutó como actor de cine; poco después como fotógrafo; en 1983 estrenó su película autobiográfica Jardín de infancia, seguida en 1987 por El funeral de Stalin. Para esa época volvió a entregarse a la política. Desde 1985, año de la llegada al poder de Gorbachov, apoyó activamente la glasnost, apertura reformista del flamante Secretario General. En 1989 se presentó a diputado en la ucraniana ciudad de Jarkov y ganó con el 75 % de los votos, y entre 1986 y 1991 fue secretario de la Unión de Escritores. Encaramado sobre tanques y arengando ante las multitudes convulsivas, salió a la defensa de la frágil democracia rusa en los días del putsch comunista contra Gorbachav en 1991. La tragicómica historia del frustrado golpe, al que se debe la victoria de Yeltsin, la cuenta en su novela testimonial No te mueras antes de morir (1993). En los tiempos actuales sigue ocupando un papel central en la vida pública de Rusia, luchando apasionadamente tanto contra la mcdonaldización de su patria, como contra las tentativas autoritarias de las fuerzas nacionalistas y comunistas.

Comprometido con su tiempo y su sociedad, la novela que constituye la vida de Yevgueni Yevtushenko sigue abierta porque es también la novela de la Rusia moderna.

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Filed under Irodalom, Könyv, Kultúra

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