Juan Marsé: Rabo de lagartija

Lateral No 66, mayo 1997

Existe acerca de Juan Marsé (Barcelona, 1933) el cliché, en cierto modo alentado por él mismo, de ser un escritor autodidacta, poco refinado y reflexivo, un story-teller nato que no sabe muy bien por qué escribe como escribe. La base biográfica de dicha leyenda es su origen humilde y el hecho de que hasta la publicación de su primera novela (Encerrados con un solo juguete, 1960) había sido obrero, una profesión de culto para los representantes del realismo social que le habían descubierto y apoyado al principio. Pero en pocos años el aprendiz de joyería (porque tampoco trabajaba en un astillero) se convirtió en un auténtico joyero de la narrativa. A partir de Últimas tardes con Teresa (1965) se muestra un autor no simplemente con mucho oficio, sino también con una peculiar astucia narrativa, que asume con gran provecho y generosidad ecléctica sus experiencias lectoras para construir una escritura propia. Marsé resulta ser un maestro de los juegos temporales, de la composición, de la técnica del collage y del punto de vista, la narración contada por testigos. En el sentido formal y estilístico, Si te dicen que caí (1973) es acaso la novela española más perfecta. Pero Juan Marsé es, además, un precursor del uso literario de los subgéneros en la narrativa castellana del siglo XX (en elXIX se empleaban sin complejo), tan de boga con el posmodernismo. En sus novelas es frecuente el motivo policiaco o folletinesco, tamizado por la ironía o algún otro elemento de ­distanciamiento.

 

Exquisito y perfeccionista

Frente a la tesis de un Marsé realista y convencional, cuya mayor ambición (como él mismo no se cansa de confirmar con ibérico talante antiintelectual) es contar cuentos, tenemos entonces un Marsé estilista, un escritor exquisito y perfeccionista (siete años ha tardado en pulir Rabos de lagartija), que con gran argucia técnica y con aún mayor obstinación temática ha creado a lo largo de esos cuarenta años el universo literario más coherente y convincente del panorama español al menos de los último sesenta años. Su Barcelona de los cuarenta, cincuenta y sesenta, en la que nos reconocemos incluso sin haber llegado a vivirla, se convirtió en dominio público, en un lugar mítico como la Yoknapatawpha de Faulkner o la Santa María de Onetti. En este contexto –formal y temático– es preciso situar su más reciente novela.

En Rabos de lagartija volvemos a encontrar la misma ciudad de ambiente opresivo de la posguerra, dividida no sólo por vencedores y vencidos sino también por dos lenguas, y desquiciada por la miseria y la violencia, que es el escenario casi exclusivo de su obra llena de recurrencias, revisitaciones y reiteraciones. Esta comedia inhumana barcelonesa reafirma poderosamente la tesis según la cual un escritor esribe siempre el mismo libro. Lo que pasa es que, al menos Marsé, siempre lo escribe de manera diferente. Utiliza el mismo material pero nunca el mismo patrón. Pero más allá de las diferencias (técnicas, tonales o de ambición) entre un libro y otro, llama la atención la coexistencia de dos tendencias opuestas en su obra. Un afán de construir sus propios mitos y arquetipos en las primeras novelas, y una canibalesca voluntad de destruirlos en las últimas. Así, Teresa, la inolvidable, por ejemplo, se recicla en horrenda inquisidora lingüística en El amante bilingüe (1990). Parecida función deconstructiva cumple también El embrujo de Shanghai (1993).

La nueva novela llega más lejos aún en ese viaje de revisión. Por ejemplo, el típico héroe derrotado (a menudo convertido, incluso, en un simple criminal, pero héroe en fin), aquí no es sino un fantasma patético, un ex-piloto alcohólico, un padre cuya hazaña es hacerse una herida en el culo con una botella. Lo del fantasma no lo utilizo en el sentido figurativo, sino literal: David, el protagonista adolescente de la novela, efectivamente platica con el fantasma de su padre. Y los diálogos hamletianos no serán los únicos sobrenaturales: entabla amistad también con un piloto derribado de la RAF que existe sólo en una fotografía, charla con un hermano muerto y, permanentemente, discute con otro hermano que en el momento del inicio de la acción es tan solo un feto de unos meses, si bien, con el tiempo, será el supuesto narrador de toda la novela.

El elemento sobrenatural constituye una curiosa novedad en la prosa de Juan Marsé, pero no tiene especial mérito en sí: puede funcionar o no. Lamentablemente se cumple la segunda opción. Para que podamos aceptar la presencia de milagros, hace falta crear un espacio fantástico que aquí sólo está presente en la cabeza del algo exaltado David (o, acaso, del hermano feto). El resto de la novela discurre en un mundo real: en la Barcelona de 1945 (año de la bomba atomicia, como la comentan), un policía de la Brigada Político Social que viene a investigar a un marido fugitivo se enamora de su mujer, la madre de David, embarazada del ya mencionado feto. Si en Cien años de soledad nos parece convincente la alfombra voladora es porque lo fantástico se extiende a lo largo de toda la novela: Remedios la Bella se asciende al cielo y el último Buendía tendrá cola de cerdo.

Rabos de lagartija es una novela virtuosa, llena de cabos, claves y guiños, que se sustenta sobre una anécdota mínima, un discurso desmesurado, a veces reiterativo, y una solución formal que roza al preciosismo. Por una vez, el Marsé estilista se ha enfrentado con el Marsé story-teller. El resultado es una obra que puede hacer las delicias de estudiosos y fans, pero difícilmente cumplirá el deseo del autor: fascinar al lector corriente. A pesar de escenas memorables (los encuentros de la madre y el poli, por ejemplo), a esta novela le falta algo que Marsé siempre había dominado: cuento.

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