Los cuadernos de Don Rigoberto

 (Lateral Nº 28, abril 1997)

 

Desde sus primeras narraciones, en la obra de Vargas Llosa se detecta un fuerte componente erótico que no tiene mucho que ver, sin embargo, con el de Los cuadernos de don Rigoberto. La diferencia no consiste únicamente en que en sus otras obras el erotismo es complementario. Al fin y al cabo, la festiva sexualidad de Pantaleón y las visitadoras resulta un elemento tan central de la historia como en Los cuadernos de don Rigoberto. Lo que más distingue este libro de otros suyos es que aquí, curiosa y contradictoramente, el erotismo sirve tan sólo de pretexto para desarrollar un discurso narrativo menos sometido a las leyes que impone una historia así llamada real. Exactamente como ocurrió con Elogio de la madrastra, su otro libro erótico, galardonado con el premio La sonrisa vertical, y que es el auténtico antecedente de esta nueva novela.

¿Cuál es, pues, el discurso y qué es lo que le sirve de pretexto? La novela narra los amores de don Rigoberto, un refinado y cultísimo gerente de una compañía de seguros, y de su maravillosa mujer, Lucrecia, de quien se encuentra separada al comenzar la acción por culpa de Fonchito, el hijo de Rigoberto de una matrimonio anterior. Fonchito es un angelical efebo de ojos azules y de poderes diabólicos que, si bien no ha llegado a la auténtica adolescencia, se muestra escandalosamente precoz en ciertas cosas. El libro cuenta la dificultosa reconciliación de la pareja a través de las nostalgias y fantasías erótico-amorosas de don Rigoberto y Lucrecia, de unas cartas anónimas y las siempre peligrosas intervenciones del ambiguo mancebo.

Hasta aquí lo que yo llamaría pretexto. Porque el quid de la narración, no lo constituye lo que realmente ocurre entre la pareja, sino su imaginación que llena el hueco producido por la separación. Es, entonces, ésta una novela sobre el complemento y la ampliación de la realidad cotidiana por la fantasía, la imaginación y la ficción. Y no sólo en el orden erótico. Don Rigoberto, ácrata, individualista, cínico, exquisito, culto y librepensador, escribe asiduamente unas cartas, que jamás envía, a destinatrios que encarnan lo que más detesta en el mundo y lo que suele coincidir con las fobias de Vargas Llosa.

Es, pues, don Rigoberto un alter-ego ligeramente paródico del autor, cuyas conocidas obsesiones aparecen aquí de manera divertidamente exagerada: filípicas contra todo tipo de colectivismos (los clubs, el feminismo, el nacionalismo, las utopías sociales…), la arquitectura moderna, el canon de belleza actual, la pornografía… Lo único que falta de su menú es Fidel Castro.

Por otra parte, don Rigoberto es un gran lector y un maníaco en la búsqueda de equivalencias entre la realidad y el arte, así que la novela está completamente entretejida de referencias culturales. Para que todos estos delirios, fantasías y reflexiones no se desparramen, el autor tenía que hacer un auténtico bordado narrativo en el que cada uno de los componentes está ligado entre sí y, al final, con la historia básica. Es, por todo esto, que Don Rigoberto da la impresión de una novela dieciochesca, de una obra rococó: galante, preciosa, lúdica, culterana, sensual e inteligente. Un elogio a la Razón y a su madrastra, la Fantasía.

 

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