El centro y la periferia (Frankfurt)

(Mesa redonda con Mario Vargas Llosa, Assia Djebar, Ben Okri y Said; Foro Sur-Norte, Feria del Libro de Frankfurt, octubre de 1996)

Todos conocemos el fenómeno: en las últimas décadas las literaturas occidentales cobran un nuevo impulso gracias a escritores que vienen de fuera. Las modalidades son múltiples. No es el mismo el caso de los escritores latinoamericanos, que en los últimos 30-40 años revolucionaron las letras españolas y portuguesas, y que tienen una dilatada y rica tradición de literatura nacional, que el de aquellos autores caribeños o asiáticos que más bien se incorporaron a la tradición literaria inglesa o norteamericana. No es lo mismo escribir en la propia lengua, que es a la vez la lengua del imperio, que optar por un idioma ajeno. También hay una gran diferencia entre aquellos que todavía llevan como una llaga el recuerdo de una reciente relación colonial con el país en cuya lengua escriben y los que tienen esta relación como una mera referencia histórica. Finalmente existen muchos casos, como el de la rumana-alemana Herta Müller o el de la húngara-suiza Agota Kristof, que no pertenecen a ninguno de estos grupos.

Sean cuantas fuesen las variantes, todas tienen un elemento en común: siempre se trata de una relación de centro y periferia. Un escritor periférico existe para el mundo en cuanto es consagrado por el Centro. Y esto es cierto no ya en el caso de un autor africano, asiático o magrebí, sino también en el de los hispanoamericanos. Borges ya había escrito el grueso y la mejor parte de su obra, había sido durante décadas el rey, si no el dicatador, de las letras argentinas (un país de cultura europea y de lengua universal) y seguía siendo un perfecto desconocido en el extranjero. Hacía falta su consagración en Francia para que el mundo, incluidos los países de habla española, lo descubrieran.

Todo esto da una idea clara del orden de las cosas, de la dependencia que tiene la cultura del poder, pero asimismo demuestra un cambio radical en la sensiblidad del del centro respecto de sus periferias, al menos en cuestiones culturales.

¿Por qué, de repente, el público europeo y norteamericano se ha vuelto receptivo hacia las manifestaciones literarias, musicales, etc. de otras culturas? ¿Qué es lo que estas culturas aportan realmente nuevo a los tradicionales imperios culturales? Dos ideas, no mías, pueden servir como punto de partida para contestar estas preguntas.

La primera es de Borges quien, como es habitual en él, comentando otro texto, dice (más o menos) que la supremacia de autores irlandeses en cierto momento de la literatura inglesa o el papel destacado de los judíos en la cultura occidental moderna se debe a su libertad respecto a las tradiciones en las que les toca crear. Los irlandeses, por ejemplo, están dentro y fuera de la tradición inglesa. Les pertenece, pero no les ata. Son más irreverentes y más propicios a cambiar, a renovar.

La segunda idea es del crítico alemán Lothar Baier, quien en su libro ¿Qué va a ser de la literatura? dice que el éxito de los escritores del Segundo y del Tercer Mundo se debe a que se trata de literaturas ante las cuales hay una expectativa social. Nuestra fascinación, entonces, no es sino la nostalgia por un mundo que tiene proyectos, aunque sea en sentido negativo: para erradicar una realidad intolerable.

Sin duda, unas de las grandes aportaciones de las literaturas que ustedes representan es su capacidad crear mundos complejos donde lo social no está separado de lo íntimo y donde lo cotidiano no se pierde en lo banal sino que constituye un mosaico de la Historia. Es como la recuperación de la denostada y añorada gran novela decimonónica desde otras perspectivas y desde otras técnicas narrativas. El resultado es toda una novedad. Y no sólo literaria. El mundo de ficción nos remonta a un anónimo mundo real al que estas obras le dan la voz. Las mejores obras creadas desde las periferias recuperan así otra tradición que ya creíamos perdida: la literatura como instrumento de conocimiento. Y también como un instrumento de hacerse conocer. Porque la cultura ofrece tal vez el único camino para esos pueblos para acceder al mundo.

Pero no es ésta únicamente la historia del héroe que sale a conquistar el mundo en nombre de los suyos. Es también la historia de una traición. Todo escritor periférico que llega al centro, aunque con el mensaje de los suyos, por muchos es considerado un traidor. Todos conocemos los recelos que despiertan los autores que alcanzan el éxito en el extranjero. Vivir y publicar en Europa está mal visto. Me acuerdo que hace casi veinte años, cuando acompañé como intérprete a un altísimo cargo cultural cubano a la editorial Europa, de Budapest, él expresó su malestar por la presencia de Mario Vargas Llosa en el catálogo. El representante de la editorial, un gran redactor y traductor y hombre más bien cauteloso, no pudo con su orgullo intelectual y, en plena época comunista, aleccionó de esta manera al funcionario cubano: hasta Vargas Llosa nadie sabía nada del Perú, a nadie le importaba. Gracias a sus obras, ahora lo conocemos y nos interesamos por él.

Pero más allá de lo anecdótico, hay ahí un conflicto real que todos los que estamos en esta situación tenemos que asumir. El paradigma de este conflicto lo constituye Josefo Flavio, ese erudito aristócrata judío convertido en heróico jefe militar, que al final pasó al enemigo. Pero lo que hacía en la Roma enemiga era escribir libros (ciertamente en griego que era el latín de los romanos) sobre los judíos: su historia, su religión, sus costumbres… Efectivamente era un traidor, pero pocos hacían tantos servicios a su patria.

Todos los caminos conducen a Roma, pero por cada uno de ellos se llega sólo utilizando el idioma imperial. Es entonces ésta también una cuestión de lenguas dominantes y anónimas, que no son necesariamente las pequeñas. Al igual que Josefo Flavio, muchos hemos cambiado nuestra lengua materna. Doble traición, que a pesar de todas las compensaciones que puede ofrecer, nos hace pagar un doloroso peaje: nunca podremos reproducir en nuestro idioma adoptivo los sabores, las matices, la música y, en definitiva, la realidad que nos transmitió la lengua en que aprendimos a hablar, pensar y sentir. Por eso, y para terminar, quisiera aprovechar este foro internacional para expresar, en mi húngaro nativo, mi agradecimiento a esa pequeña lengua magyar que para mi sigue siendo la más rica y grande: Köszönöm szépen.

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Filed under Irodalom, Kultúra, Publicisztika, Web

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