La isla continental

La Cuba que vi fuera de Cuba

(Encuentro de la Cultura Cubana, Nº 2, Madrid, Otoño de 1996)

Una introducción que poco tiene que ver con el resto

A todos sus visitantes Cuba los convierte en un pequeño Colón potencial, dispuesto a formular sentencias de trascendencia histórica sobre sus experiencias en la Isla, sean positivas, negativas, mixtas o ninguna de las tres. Un viaje organizado de unos días, con playas y criadero de cocodrilos incluidos, proporcionan suficiente material a cualquiera para hablar con soltura y convicción sobre los cubanos y el régimen que padecen u ostentan, según el enfoque del Colón contemporáneo y multiplicado por el turismo masivo.

De hecho, todos los viajes, todos los encuentros con el Otro, inspiran juicios parecidamente fundados. Se es capaz de prounciar sobre realidades absolutamente ajenas e ininteligibles por mucho menos que un viaje transátlántico. Unas secuencias del telediario resultan más que suficientes para que uno se haga una composición del lugar de los más enredados conflictos internacionales, para que tome partido y, sobre todo, para que logre su pequeño orgasmo moral, su catarsis de cada día. Amén.

Lo que pasa es que en el caso de Cuba se mezclan demasiadas cosas y a menudo la implicación (pro o contra, da lo mismo) es mayor. El hoy menguado mito de una revolución diferente sólo ha sido uno de los elementos de vínculo y muchas veces sólo un elemento para disfrazar otras atracciones. La fascinación por Cuba, por sus paisajes geográficos y humanos es muy anterior a la revolución castrista y el aliciente de la carne fresca y barata incluso ha crecido después de ella. En el fondo se trata de una variante de la fascinación por el trópico, lo exótico y por el buen salvaje, con todas las implicaciones culturales que esto supone.

En el caso de España intervienen, además, otros elementos sobradamente conocidos que vuelven la afección hacia Cuba en una relación paternalista nunca confesada. La lengua común en lugar de servir para un cabal entendimiento sólo acentúa esa desigualdad: el arrebatador acento cubano y el genio idiomático de los isleños se convierte en una gracia folklórica, un hecho pintoresco, una manera de hablar simpáticamente infantil, y el cubano, en un encantador salvaje que habla nuestro idioma de un modo tan curioso y divertido que impide tomar en serio del todo tanto a él, como sus problemas. Otro tanto hace la necesidad de ver al cubano siempre presto a bailar, a entregarse a la pachanga y al pendejeo. Gran peso ético le quita a uno esa absolutamente generalizada visión despectiva disfrazada de admiración que permite explicar la terrible situación de los cubanos con que ellos, a pesar de todo, lo están pasando bien, sonríen, bailan y fornican despreocupadamente, porque ellos son así de alegres.

La relación del español con lo cubano es mucho más compleja que la del ex colonizador que mantiene una relación nostálgica-posesiva con la Isla. Parafraseando el dicho popular: más se perdió en Cuba que una colonia. Y lo que de veras se perdió era nada más y nada menos que el paraíso, al menos para los españoles que querían hacer (e hicieron) dinero y encontrar una realidad menos ruda y opresiva que la peninsular. Y curiosamente se perdió no con la independencia  (ya que la verdadera invasión de los indios españoles-catalanes sigue en la época republicana de Cuba), sino con la dependencia de la doctrina marxista-leninisa, cuando la idea del paraíso terrenal fue sustituida por la del utópico.

Resulta muy comprensible que en el contexto de uno de los regímenes más reaccionarios, autoritarios y provincianos de Europa todo espíritu mínimamente democrático, toda persona con una pizca de sentido de justicia social simpatice con la revolución cubana. Pero también resulta lógico que esta simpatía, precisamente porque se alimenta no de un conocimiento real y ni siquiera de una auténtica afinidad sino de una necesidad ideológica, construya una imagen artificial de Cuba, más basada en los deseos que en las realidades. Nace entonces, alentada por el régimen de Fidel Castro, esa visión de una Cuba prerreovlucionaria tercermundista y analfabeta, sumida en la miseria, burdel y colonia de los Estados Unidos que la revolución viene a transformar en una sociedad igualitaria y justa.

De hecho, nunca me he encontrado a ningún progre español ni latinoamericano que conociera lo más mínimamente la Historia y la Economía cubana más allá de estos lugares comunes y media verdades. Que supiera, por ejemplo, que en los años cincuenta Cuba ocupaba el segundo lugar entre los países latinoamericanos en cuanto al PIB habiendo sido adelantado tan sólo por Venezuela, país que gozaba de la efímera bendición del boom del petroleo, y donde el reparto de los bienes era mucho más desigual que en Cuba. Hasta el Partido Comunista Cubano, propicio, como todos sus correligionarios, a anunciar el derrumbe definitivo ante cada bache, se vio en la necesidad de redactar una resolución en plena era Batista según la cual si bien hay en Cuba una profunda crisis política, no se puede hablar de crisis económica. Los que hasta hoy hablan de la época americana no saben que la economía cubana dependía menos de la norteamericana que luego de la soviética, que la mayoría de la industria azucarera estaba en manos cubanas y que uno de los mayores males de la economía cubana, el monocultivo, resultó ser un mal menor en comparación con lo que se convirtió la dependencia del azúcar en la época castrista. Los nuevos colonos suelen utilizar el giro “lo construyeron los americanos” cuando se refieren a edificios públicos y privados que denotan cierta opulencia y modernidad, cuando en realidad la inmensa mayoría de ellos es obra de capital y arquietectura cubana, incluidos túneles y el imponente conjunto de plaza de la Revolución (Biblioteca Nacional, Teatro Nacional, Ministerios, el monumento a Martí..).

En cuanto al analfebetismo, naturalmente existía, pero mucho menos que lo que quiseran los que necesitan un pasado prerrevolucionario subdesarrollado. De hecho, Cuba fue uno de los paíse más alfabetizados de América, tan sólo adelantado por Argentina y Urugay.

Todo esto no quiere decir que en Cuba las cosas iban bien y mucho menos se pretende aquí justificar o magnificar la época batistiana, régimen corrupto y represivo, pero ¡helas, esas cosas ocurren (Chile de Pinochet, Corea del Sur, Hong-Kong, Taiwan, etc..)!, económicamente boyante.

En el caso de España la comparación es casi humillante. A nivel político ninguno de los regímenes tenía que envidiar nada del otro. Pero en cuanto a libertades individuales, costumbres, consumo, a nivel económico, Cuba estaba mucho más desarrollada que la España de los 50. Basta ver las ruinas de supermercados, grandes almacenes, coches, salas de cine y diversión, basta ver los pisos del Vedado. Un poeta cubano, mulato y santiaguero me  contó la siguiente historia: como su familia no tenía suficientes recursos para enviarle a estudiar al Norte lo mandó a España. En la residencia universitaria, después de unas semanas, trabó amistad con un chico español, quien, en un momento de intimidad, le preguntó si tenía alguna enfermedad de la piel. “No, ¿por qué?”, contestó el cubano. Entonces, dijo el español, ¿por qué te pones una pomada o qué sé yo en el sobaco cada mañana? Comentábamos con los otros que debes tener alguna enfermedad.

El malentendido de esos estudiantes de medicina (sic) españoles que no conocían el desodorante resulta ser tierna ignorancia anecdótica en comparación con el malentendido histórico de generaciones de jóvenes ilusos que defendían una Cuba de su proyección ideológica y se negaban a reconocera la real. Pero en vez de seguir disecando esas imágenes distorsionadas de la Isla, se me ha ocurrido recuperar algo de mis primeros encuentros de Cuba, aún antes de llegar a visitarla.

 

Una radio y un mapa

La primera vez que recuerdo haber oído el nombre de Cuba, debió ser en 1961, cuando la crisis de los misiles. Yo tenía once años y estábamos delante de la radio. La televisión prácticamente no existía aún en Hungría (en Cuba empezó justo diez años antes) sólo para algunos privilegiados, como un vecino nuestro, viceministro de Comercio. Así que la vida social giraba alrededor de la radio, concretamente uno de esos aparatos con una lucecita verde, un ojo en el centro y que nosotros llamábamos “cazamundo”, lo que quería decir que se podía escuchar algo más que las dos emisoras oficiales. Debió ser después de la cena y las noticias de las ccho. Debieron decir algo terrible de Cuba que no me importaba ni a mi ni a mis hermanos, pero llegó a excitar a mi padre, un comunista duro pero también puro, esto es, idealista. Contradicciones mayores han existido. “Mirémoslo en el mapa” ordenó mi padre y nunca sabré si quería averiguar dónde está Cuba o, como familiarmente reconocido estratega de la política internacional, quería ubicar el conflicto en su más general contexto geopolítico. Yo naturalmente no sabía  dónde se encuentra Cuba, ni siquera su nombre me sonaba. Recuerdo haber mirado incrédulo aquel gusanito (aún no sabía que se trata de un lagarto verde) tratando de penetrar en el mojón marrón a su norte. No me cuadraba, no podía imaginar qué daño podía hacerle a los americanos. Pero se me pegó la exitación de mi padre y llegué a desear de todo corazón que se haga justicia y que dispararan aquellos misiles de una vez y luego, venga lo que tenía que venir.

Gracias a la revolución, ahora nadie tiene que recurrir al mapa para encontrar a Cuba. Pero éste es un logro que comparten todos los países que alcanzan un sitio duradero en las primeras planas de los periódicos, desde Bosnia, Palestina o El Salvador hasta Afganistán, Chechenia o Burundi. La diferencia radica tan sólo en que ningún otro país pequeño logró permanecer como centro de conflictos durante tan largo tiempo como la Cuba castrista.

Después de aquel episodio delante de la radio y frente el mapa, no volví a tener una relación directa con Cuba hasta los veinte años, salvo por una experiencia gastronómica que no registré como cubana. Ocurrió más o menos por las mismas fechas de mi descubrimiento de la Isla. Las tiendas comestibles se llenaron con unas extrañas conservas de origen tropical, que contenían una especie de crema o sirupe de color amarillo y de un exótico sabor dulzón afrutado. Por aquellas fechas, principios de los sesenta, en lo países comunistas no era precisamente común encontrar víveres de origen tropical. A lo que sí estábamos acostumbrados era ver en las tiendas conservas oriundas del Campo de Paz, esto es, del COMECON, esto es, del Campo de la órbita soviética. Por lo general fueron las mismas cosas que Hungría ya producía en mejor calidad y presentación: pepinos polacos, mermeladas soviéticas, compotas búlgaras… El negocio consistía en comprarles a los países hermanos productos que no podían venderlos a nadie y que, por lo general, tampoco podíamos utilizar nosotros. Una variante aún más perversa de ese intercambio tribal de la solidaridad la constituía cuando un país se veía obligado a entregar barato, casi regalado, productos que hubieran podido encontrar un mercado mucho mejor. En el caso de Cuba esto o curría con el azúcar mismo. Hungría intercambiaba autobuses Icarus, por ejemplo, por azúcar cubano que no necesitaba porque tenía su propia azúzar de remolacha, ciertamente de peor calidad, pero mucho más barato y absulutamente comestible. Tanto el azúcar cubano, como el autobús húngaro hubiera podido encontrar mejores compradores. Por esa misma razón, la Unión Soviética estaba invadida por los más exquisitos cigarros cubanos que los isleños no han visto desde los principios de los sesenta y en Occidente no se encontraban ni por precio de oro, y que los rusos, acostumbrados a sus majorka, no querían ni regalado.

A partir de los finales de los sesenta, empezaron a aparecer productos más exóticos en Hungría: guisantes y judías verdes chinos en conserva, bastante buenos, unas incomestibles mini-conservas de carne vitenamitas (de las que el sutil humor de Budapest decidía que son hechas de sobras de soldados norteamericanos) y unas curiosas naranjas cubanas, que luego no logré identificarlas en la Isla, que no se podían comer pero que daban un abundante y sabroso jugo. Pero en los tiempos de la extraña crema dulce en conserva no se encontraba ningún producto ultramarino en Hungría. Sin embargo, ni el exotismo ni la rareza pudo con el conservador estómago de l os magiares, entreneados en grasa de cerdo, paprika y pimiento. Las misteriosas conservas tropicales se amontonaban en las tiendas comestibles y ni rebajadas a  mitad de precio hubo manera de venderlas. Mi padre, un hombre de principios, no podía dejar de expresar su solidaridad con la conserva socialista y compró  en cantidades industriales. Eramos seis hermanos pero aún así nos duraron más de un año. Lo comíamos para desayuno, como mermelada, lo llevabamos a la escuela de merienda untado en el pan como mantequilla, se hacía pasteles con él y muchas veces lo comíamos para la cena acompañado de un té mejorado con unas pastillas de sabor a limón. En principio nos gustaba, pero, como es natural, con el tiempo llegó a empalagarnos. Mas cuando finalmente se acabó, empezamos a sentir nostalgia por él. En fin, llegó a formar parte de nuestra infancia, un recuerdo irrecuperable más, como un verano en el lago Balaton o el olor de los libros de textos a principios de septiembre. Muchos años más tarde logré identificar el misterioso brebaje: era una especie de mermelada de mango cubana y como solía ocurrir con los intercambios comerciales entre países hermanos, lo que un día aparecía, lo más probable era que no tuviera continuidad.

Fraudes y expulsiones

Volví a tener contacto con Cuba a los 20 años, en mi primer curso en la Universidad de Budapest. Una de mis especialidades eran las letras hispánicas y el contacto con los latinoamericanos resultó  para mí no sólo natural sino también necesario, ya que en la misma Facultad se podía hacer cualquier cosa menos aprender de verdad una lengua. Fueron los años de la Unidad Popular en Chile y nosotros, hijos de un régimen socialista no optado (y, aunque más llevadero y goulash que los otras dictaduras del proletariado, con la experiencia del 56 en Hungría y del 68 en Checosolovaquia a nuestras espaldas), estábamos fascinados con la idea de un socialismo democrático que llegara al poder por sufragio universal.

De una manera nebulosa y hoy difícilmente reconstruible, Cuba entraba en el mismo paquete de mis (nuestras) simpatías que el Chile de Allende. Otra vez la ignorancia, el wishfull thinking y esa fascinación por lo exótico que, sin saber o quererlo, es desprecio: es verdad que esos negritos y mulaticos siempre tan alegres y entusiastas con su revolución sufren necesidades a causa del pasado y el criminal bloqueo, pero ellos están contentos con lo que tienen, con lo que han logrado y lo que les ha dado la vida, Fidel Castro y la cartilla. Tienen lo que tienen que tener. Porque en aquel entonces ya había leído, fascinado, a Guillén. Y también a Carpentier. Yo tenía mis dudas respecto de los regímenes marxistas-leninistas. Pero si en Cuba se podía escribir libros tan sútiles sobre las contradicciones y la fuerza destructora de las revoluciones como los que había escrito Carpentier, la cosa de debía estar tan mal. Además, y sobre todo, el régimen comunista cubano no lo percibimos como tal, sino como una revolución diferente, más espontánea y popular, que buscaba una solución propia a una situación intolerable: miseria, subdesarrollo, esclavitud, enfermedades, explotación….

En fin, no sabía nada, pero actuaba como quien lo tiene todo claro. Mi ignorancia fue compensada con una supuesta ética de la justicia social y esto me dio una fuerza de argumentación inbatible. Me acuerdo de una discusión con un estudiante de español que acaba de regresar de Cuba donde estuvo un año como becario. Era un tipo ya en sí deleznable: un viejo de al menos veinticinco-veintiseis años, que andaba en traje y corbata como un funcionario, tenía entradas, cara que ahora identifico como de futuro ejecutivo pero entonces simplemente me parecía de imbécil, cara de queso, rasgos que ya empezaban a diluirse y una manera de hablar pedante. Él hablaba mal de su experiencia en Cuba. Decía que aquello es el Tercer Mundo; miseria, ignorancia y represión y que los cubanos no son serios, no les gusta trabajar y otras cosas por el estilo. Yo protesté indignado y él me respondió con la siguiente imagen automolivística, que aún me indignó más: la diferencia entre el comunismo y  capitalismo es como entre el moskvich (un coche soviético todavía peor que el volga) y el mercedes. ¿Cómo puedes comparar?, le dije preso de una furia que no quería contener… Ni hoy estaría de acuerdo con él, aunque por otras razones. Como es lógico, su postura prepotente sólo me afianzó en mis creencias y, como también es lógico, ese caballero hizo después una carrera en el aparato del Partido.

Más o menos por las mismas fechas, además de con los muchos estudiantes chilenos que de repente empezarona pulular por ahí, hice amistad con algunos becados cubanos. La verdad es que fue algo más difícil. En lugar de una ligereza tropical, los estudiantes cubanos  parecían más bien reservados. O mejor, reservadas. Porque, ¿ mala jugada de la memoria o signo de mis auténticos intereses?, sólo me acuerdo de chicas. Concretamente de dos, las más abiertas, las que a veces se atrevían aparecer en las Fiestas Latinas que organizaban los estudiantes hispanoamericanos. Curiosamente las dos terminaron casándose con húngaros, pero aún más curiosamente, esto ocurrió muchos años más tarde. Antes, en el presente del que estoy hablando, fueron expulsadas de Hungría. No sólo aquellas y no por los húngaros. Fue un caso que sacudió a la pequeña comunidad latina de Budapest. Una sacudida que valió por un despertar ideológico para muchos de ellos.

Las cosas ocurrieron de esta manera: hacía tiempo que las cubanas no aparecían por ningún lado. Pensaba que es por esa reserva que les caracterizaba. Llamarlas por teléfono me parecía como imposible: un aparato para cientos de residentes. Además, tampoco teníamos  una relación tan estrecha. En culquier caso no me extrañaba demasiado porque con estas amistades uno siempre queda en algo que luego se cumple sólo  por casualidad. Pero un día me encontré  con una amiga ecuatoriana, hija de un líder comunista, bajita ella y gordita, tímida y amorosa, buena gente, en definitiva. Ella me lo contó. Casi todos los estudiantes cubanos del curso preparativo (ese donde les enseñan la lengua húngara y los conocimientos básicos sobre el país), unos treinta en total, fueron botados, como dirían los cubanos (¿o debería decir retirados?) por las autoridadas cubanas por fraude en el exámen del idioma magiar. ¿Fraude?, pregunté porque no entendía nada. Mi español a la sazón era bastante limitado y ni siquiera conocía el concepto del fraude electoral, debido a que en nuestras elecciones unicanditas no hacían falta semejantes artimañas. ¡Pero fraude en un examen! Sonaba muy grave, sobre todo, cuando me enteré que de lo que se trataba era que esos criminales del estudio, lo que hicieron era utilizar sus notas en el examen. Una compañera de ellos los chivateó y la embajada armó un show por haber actuado no como un revolucionario de las aulas, sino como un estudiante normal y corriente. Fueron expulsados en muy breve tiempo, ni les dejaron tiempo para despedirse de sus amigos y compañeros. La ecuatoriana, cuya versión me fue confirmada diez años más tarde por las dos amigas que volví a ver en Cuba, estaba desolada: ni siquiera la permitieron acompañar a su mejor amiga al aeropuerto. Ella misma le rogó no hacerlo porque semejante manifestación de solidaridad sólo  hubiera complicado la situación. Sin duda, esta historia abrió una pequeña grieta en el movimiento comunista ecuatoriano. Menos mal, queola revolución cubana, en cambio, sí que salió reforzada del asunto.

En una situación mucho más pintoresca y artística, volví a tener una experiencia parecida. No en cuanto al fraude escolar, sino a la actitud indigna de un revolucionario que despierta los celos de las autoridades cubanas. En septiembre del 71 me llamaron a trabajar como traductor con el Ballet Nacional de Cuba. Me acuerdo del impacto, ¡cómo voy a olvidarlo!: todas esas chicas de todos los colores de la paleta, exageradamente pintadas, flacas y estilizadas como títeres o maniquís y con unas gruesas medias de calentamiento, haciendo movimentos extraños y, para un servidor que venía del campo de las letras, hasta obscenos en cualquier lugar, pasillos, la cantina, los camerines… No parecían de este mundo, pero en mí despertaron sensaciones más bien mundanas. Como yo era el último mono entre los intérpretes y con menos experiencia, no se me había asignado ninguna tarea especial. Estaba como en reserva, si hacía falta acompañar a alguien al médico o cosas por el estilo, así que pasaba la vida en la cantina y alrededor de los camerines, resolviendo pequeños servicios caseros, como ayudarles a pedir un sánvich o a conseguir una plancha. Tenía mis amores imposibles entre las solistas, pero finalmente sólo pude trabar amistad con algunas de las jóvenes promesas. No sospechaba que de esas platicas tontas, de ese coqueteo torpe saldría un agravio mayor contra la revolución. Más tarde me enteré de que una de mis amigas fue devuelta a Cuba fulminantemente en la siguiente escala de la gira, que fue Polonia, y entre las acusaciones contra ella figuraba la supuestamente demasiada buena relación conmigo.

Como en el caso de del fraude, esta chica también vio truncada su carrera de por vida. Fue expulsada del Ballet Nacional, igual que a aquellos les fue vedada la carrera universitaria, y terminó bailando en un cabaret. Más adelante, trabajé durante varios años en un festival de verano con los grupos más exóticos de cualquier parte del mundo. Nunca jamás me he encontrado con semejante ambiente de represión y miedo en ningún colectivo. Todos sus pasos, gestos y relaciones estaban controlados. Y no solamente por los encargados del Ministerio de Interior, sino también por sus compañeros, y nadie sabía quien va a denunciarle a quien. Siempre había entre ellos muchísima gente encantadora, cosa que en el caso de los cubanos no es difícil de encontrar, pero su gracia se reducía a la bobería, a los chistes, a lo banal. No sólo tenían miedo a hablar de política o iniciar una aventura amorosa, sino a hacer un programa por libre o a comprar ciertas cosas que podían ser consideradas como concesiones al imperialismo. Me acuerdo de una ruleta de bolsillo que un deseoso bailarín finalmente no se atrevió a comprar.

Así conocí a Cuba antes de llegar allí y lo más patético del asunto es que ni siquiera  esas experiencias me impulsaron a desarrollar una posición crítica. Consideraba esos horrores cotidianos como exageraciones acaso inevitables, la enfermedad infantil, de una revolución justa y necesaria. Hacía falta que independientemente de Cuba, tomara una postura crítica frente al marxismo-leninismo, que conociera mejor la historia de los países socialistas para que, ya en mi primer viaje, pudiera entender también esa versión tropical del comunismo. El resto era ver y leer. Como siempre.

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