El gato al agua

(Lateral nº 1, noviembre de 1994)

Al ponerse a escribir el editorial de una nueva revista, uno no puede dejar de pensar en todas las declaraciones solemnes, pedantes, graciosillas o desafiantes que habrán hecho en idéntica ocasión los autores de proyectos luego fracasados. Una idea bastante deprimente pero inevitable. Incluso, antes de entrar en detalles sobre lo que pretende esta nueva publicación, cabría preguntarse si no se tratará de otro fiasco. Es una pregunta retórica, pero no por eso deja de ser inquietante. No sólo para los que hemos creado esta revista. Porque tú, lector apacible, al coger en tus recelosas manos una revista nueva no la hojeas con la misma curiosidad si sabes que apenas aguantará dos o tres números, que si tienes la seguridad de que podrás comprarla en cualquier quiosco hasta el fin de tus días. Con las revistas ocurre lo contrario que con los sellos. La falta de continuidad y los defectos de fabricación disminuyen su valor.

Ni el espacio ni la ocasión son los adecuados para indagar acerca de los oscuros motivos que en realidad le impulsan a uno (bueno, a miles y miles) a montar su revista. Erotismo y agresividad (sublimada o no), ambición, venganza… Con todo, es posible resumir las razones aparentes por las que se mete uno en semejante atolladero.

Como tantos proyectos, lateral ha nacido de una falta. No es el caso de hablar mal de otras revistas, puesto que hay algunas bastante buenas e incluso en las más irregulares puede encontrarse a menudo algún texto interesante. Con ninguna, sin embargo, he logrado nunca identificarme demasiado: la una me resultaba demasiado espesa, la otra ligera, la tercera venal… Un hecho que me llamó la atención fue que ni yo ni mis amigos, todos letraheridos, estuviéramos suscritos a revista alguna. Las pillábamos por ahí, las hojeábamos, las fotocopiábamos a veces, y sanseacabó.

En los medios donde trabajé desde mi aterrizaje en España, en 1986, empecé a hacer lo que hoy en día –inventando ahora unos orígenes– podríamos llamar ‘ensayos’ de nuestra flamante revista. Se fue formando un grupo más o menos compacto, mayoritariamente gente nueva, hicimos nuestros experimentos y vimos (con divina soberbia) que todo aquello era bueno. Aquel descontento, esos experimentos y ese grupito han sido el germen de esta incursión lateral en el territorio cultural español.

La cita de Canetti que utilizamos a modo de eslogan (pág. 2) deja claro que lateral, en este caso, no quiere decir marginal. Significa más bien una postura, un punto de mira, una nota al margen, un comentario. Implica curiosidad y escepticismo, pero no militancia. Ni en el sentido ideológico ni en el estético. Lo que puede parecer tibieza, en el fondo es una cuestión temperamental. Hay gente, por ejemplo, que se siente desorientada por el eclipse de las grandes ideologías. Si se refieren al comunismo y al fascismo, comprendo su desorientación. Lo mismo pasa con las trincheras estéticas en las que lateral no desea hacerse fuerte. Al fin y al cabo, ¿es tan necesaria una ideología para poder vivir?

Ya sabemos que las grandes revistas generadoras de ideas no se conforman con tan poca cosa: crean un movimiento, formulan una poética, fijan una nueva sensibilidad, forjan una ideología. Ésas son las revistas de Borges, Lezama Lima, Breton o Sartre. Pero por mucho aprecio que sienta por mí y por mis compañeros, no consigo vernos en ese brillante cuadro de familia. Nosotros no disponemos de una poética ni tampoco de una ideología nueva que difundir. Nos queda entonces otra opción que ha generado también algunas revistas importantes (TLS, The New York Review of Books, Granta): un tipo de revista más receptiva e informativa que creativa, pero que no renuncia a la actitud crítica y que se resiste a aceptar sin más el orden del discurso. Lateral quiere ser una revista así.

Para lograr este modesto objetivo, que para algunos sonará quizá como una concesión, hacen falta muchas cosas. Saber informar y no sólo opinar. Ser independiente. (En este asunto juego con la carta de ser extranjero: no me preocupan grupos ni filiaciones.) Tratar asuntos cuyo interés trascienda el de la propia disciplina. Hablar de filosofía, por ejemplo, cuando haya algo que puede interesarle a cualquiera, incluso sin mayor preparación teórica. Para todo lo cual hace falta utilizar –o casi crear–, un lenguaje claro, conciso, accesible. A lo largo de mi estudio de mercado sui generis (que ha consistido en platicar con quien quisiera escucharme en estos dos últimos años) se han perfilado dos opiniones. La minoría, por lo general profesionales de las letras pero no escritores, querían una publicación muy exigente, crítica y especulativa. La mayoría prefería una revista donde (resumo cientos de opiniones) uno pudiera saber de qué va el libro y donde la crítica –como en la frase de Benjamin– no se hiciera sólo para lucimiento del crítico. Yo me quedé con el segundo grupo, no por sumisión democrática, sino porque me confirmaba en lo que desde el principio me interesó: hacer la revista que a mí me gustaría leer. Y hay un auténtico interés por una revista así.

Aquí entra en escena la cuestión quizá más importante: a quién se dirige Lateral. La idea es invocar la categoría hoy ya en desuso de la intelligentsia. Crear un foro, un punto de referencia para el público lector  de cualquier segmento, y no sólo para los profesionales de la cultura. Ahí está el desafío incluso desde el punto de vista intelectual. Hacer una revista así es casi imposible porque, por si fuera poco, precisa un montaje muy profesional. Para volver al punto de partida: hace falta crear una publicación que funcione y que no comparta la raquítica existencia de tantas revistas culturales. Intentar todo esto, en fin, es como querer llevarse el gato al agua. O sea, imposible.

Suerte de la frase de Faulkner, que dijo: “Los escritores deberíamos ser juzgados por la brillantez de nuestros fracasos en la realización de lo imposible”.

Deséanos, pues, curioso lector, un fracaso brillante.

 

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Filed under Kultúra, Publicisztika, Web

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