Grete Weil: Mi hermana Antígona

(Seix Barral, Barcelona, 1993 – El Observador, 1993)

           Antígona no fue ninguna revolucionaria, no quiso derrocar la tiranía en Tebas y ni siquiera tuvo vocación de mártir. Lo más probable es que sólo pretendiera ser una buena hermana; por eso insistió, a pesar de la prohibición, en dar sepultura a su hermano.

A la narradora de esta novela no le importan “ni tumba ni funerales”; sin embargo, está obsesionada con la figura de Antígona. Incluso, desde hace años, está intentando escribir un libro sobre ella. Le fascina que, a pesar de su intransigencia y amargura, el credo de Antígona se aquello de “no soy para el odio, sino para el amor”. Y la verdad es que ambas tienen buenas razones para odiar. Las de Antígona las conocemos, pero las de esta narradora también nos suenan: judía alemana de clase media, sobreviviente del nazismo, cargada con muertos sin sepultura, que ni es este libre y opulento Tebas, que es hoy Alemania, puede librarse de sus fantasmas y culpas de su pasado.

Ahora bien, una de las curiosidades de esta novela es que resulta estrictamente testimonial; y la otra, que está escrita por una anciana, que ni antes había escrito nada importante ni, lamentablemente, en lo sucesivo va a hacerlo. Si este último dato resulta enternecedor, el primero importa porque la autobiografía será la forma organizadora del libro y lo que le permite a Grete Weil (1906) elaborar una escritura tan directa como un diario, al menos aparentemente, en sus efectos, ya que se trata de esa sinceridad y espontaneidad larga y astutamente elaborada.

Por otra parte, gracias a la forma autobiográfica puede la autora condensar tantos tiempos y sucesos en su narración sin que ésta se desencaje. Ella tan sólo cuenta lo que le está pasando: merodea por su casa, intenta escribir su libro sobre Antígona, convive con la soledad y sus recuerdos, observa ese mucho ancho y ajeno que la rodea y, simplemente, procura sobrevivir sabiendo que esta vez no lo logrará.

El resultado es una excelente novela que combina sucesos tenebrosos, lúcida reflexión, memorias y, en cuanto a Antígona, hasta un elemento ensayístico. Una novela sobre la vejez, pero también sobre una juventud eclipsada por el horror y, ante todo, sobre el ocaso de un humanismo ilustrado y librepensador en el que se educó esta escritora tardía pero nada accidental, un humanismo al que, casi última superviviente, viene a dar sepultura con esta triste y hermosa novela.

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